23 May La diferencia entre el valor contable y el valor real de una sociedad
Doctrina práctica contabilidad
Muchas personas creen que el valor de una empresa coincide con la cifra que aparece en su patrimonio neto. Sin embargo, basta revisar con cierta profundidad un balance para descubrir que la realidad empresarial rara vez encaja de manera exacta dentro de los números contables.
Un balance de situación puede ofrecer una fotografía aparentemente precisa de una sociedad, aunque esa imagen, en ocasiones, resulte incompleta, envejecida o incluso distorsionada respecto al verdadero valor económico de la empresa.
Cuando se analiza una empresa desde fuera, el balance de situación suele convertirse en el primer punto de referencia. No es extraño. Se trata del documento que resume, en una fecha concreta, qué posee la sociedad, cuánto debe y cuál es la composición de su patrimonio. A simple vista parece suficiente para responder a una pregunta aparentemente sencilla ¿Cuánto vale esta empresa?
Sin embargo, la respuesta rara vez es tan directa como sugieren las cifras contables.
El balance ofrece una imagen patrimonial estática. Refleja bienes, derechos, obligaciones y fondos propios en un momento determinado. Es útil, desde luego, porque permite identificar si la empresa mantiene una estructura financiera sólida, si dispone de liquidez suficiente, si soporta un endeudamiento excesivo o si existen tensiones de tesorería que puedan comprometer su actividad. Pero convertir automáticamente ese balance en el valor real de la sociedad sería una simplificación demasiado arriesgada.
En la práctica empresarial, el balance constituye solo el punto de partida.
El balance como fotografía patrimonial
Toda sociedad mercantil está obligada a formular cuentas anuales, normalmente con cierre a 31 de diciembre. Dentro de esas cuentas aparecen dos documentos esenciales. El balance de situación y la cuenta de pérdidas y ganancias.
El primero describe la composición patrimonial de la empresa. El segundo muestra el resultado obtenido durante el ejercicio.
A través del balance pueden identificarse elementos especialmente relevantes. Inmovilizado material, inversiones financieras, existencias, clientes pendientes de cobro, tesorería disponible, deudas con entidades financieras, obligaciones frente a proveedores o compromisos pendientes con la Administración.
Desde una perspectiva estrictamente contable, el valor patrimonial de la sociedad vendría determinado por la diferencia entre activos y pasivos. Es decir, aquello que quedaría teóricamente para los socios una vez satisfechas todas las deudas.
Ese criterio da lugar a uno de los métodos más conocidos de valoración. El denominado método estático o patrimonial.
El problema del valor contable
El método patrimonial tiene una ventaja evidente. Resulta sencillo de aplicar. Basta partir de los libros contables y calcular el patrimonio neto de la empresa. El inconveniente aparece inmediatamente después. La contabilidad no siempre refleja el valor económico real de los activos.
Un inmueble adquirido hace veinte años puede figurar en balance por una cifra muy inferior a su precio actual de mercado debido a las amortizaciones acumuladas. En sentido contrario, determinados activos intangibles pueden conservar un valor contable elevado aunque comercialmente hayan perdido utilidad o capacidad de generar ingresos.
La misma distorsión puede producirse con las existencias. No es infrecuente encontrar almacenes con mercancías obsoletas, deterioradas o difíciles de vender, cuya valoración contable poco tiene que ver con su posible precio de realización.
Algo parecido sucede con los clientes pendientes de cobro. El balance puede reflejar importes aparentemente correctos mientras parte de esos saldos llevan meses, o incluso años, sin cobrarse. En esos casos, el riesgo de insolvencia obliga a replantear la valoración inicial.
Por tanto, el patrimonio neto que aparece en balance rara vez puede aceptarse sin efectuar ajustes previos.
Ajustes necesarios para aproximarse al valor real
Cuando se analiza una empresa con cierto rigor, el balance debe reinterpretarse. No basta observar las cifras. Es necesario cuestionarlas.
Imaginemos una sociedad que posee una nave industrial contabilizada en 100.000 euros. Tras una valoración independiente se concluye que el inmueble podría venderse por 150.000 euros. Automáticamente aparece un ajuste positivo de 50.000 euros que incrementa el valor económico de la empresa. En cambio, si durante el análisis se detectan clientes de dudoso cobro por importe de 20.000 euros, el valor patrimonial debería reducirse en esa misma cuantía.
Aún más delicada resulta la existencia de riesgos ocultos. Litigios laborales pendientes, inspecciones tributarias previsibles, reclamaciones civiles o contingencias derivadas de incumplimientos contractuales pueden alterar significativamente la valoración final aunque todavía no figuren reflejados en la contabilidad.
Precisamente ahí aparece una de las mayores dificultades en los procesos de compraventa empresarial. Dos balances aparentemente correctos pueden esconder realidades económicas completamente distintas.
Lo que nunca aparece en el balance
Existe otro elemento todavía más complejo de medir. Aquello que genera valor y, sin embargo, no aparece registrado contablemente. La cartera de clientes, el prestigio comercial, el posicionamiento en el mercado, la antigüedad de la empresa, la estabilidad del equipo humano o incluso la confianza generada entre proveedores y entidades financieras forman parte del valor económico del negocio aunque no puedan localizarse fácilmente en una cuenta contable concreta.
Ese conjunto de factores suele integrarse dentro del denominado fondo de comercio.
En muchas pequeñas y medianas empresas, especialmente despachos profesionales, comercios consolidados o negocios familiares, esta parte intangible puede tener incluso más relevancia que determinados activos materiales.
Una asesoría con clientes recurrentes desde hace décadas probablemente valga mucho más que el mobiliario o los equipos informáticos que figuran en su balance. Y, sin embargo, esa diferencia apenas se aprecia desde la óptica puramente contable.
Cuando el pasado deja paso al futuro
Los métodos más modernos de valoración ya no se limitan a estudiar el patrimonio existente. Intentan anticipar la capacidad futura de la empresa para generar beneficios. Aquí adquieren protagonismo sistemas como los múltiplos comparativos o el descuento de flujos de caja.
El método de múltiplos parte de operaciones comparables realizadas en empresas similares. Se analizan variables como facturación, EBITDA, beneficio neto o expectativas de crecimiento y se aplican coeficientes obtenidos de transacciones equivalentes. El problema aparece cuando se intenta trasladar este sistema a pequeñas empresas donde apenas existen referencias públicas comparables. En esos casos, el análisis pierde precisión.
Más sofisticado resulta el método de descuento de flujos de caja, considerado por muchos especialistas como el sistema técnicamente más completo. Su lógica es distinta. La empresa vale por los recursos que será capaz de generar en el futuro. La valoración ya no depende exclusivamente del patrimonio actual, sino de las expectativas de negocio. Para aplicarlo correctamente resulta imprescindible elaborar previsiones financieras razonables. Facturación esperada, evolución de costes, inversiones futuras, crecimiento del sector, financiación necesaria y tipos de interés pasan a formar parte del análisis. El problema es evidente. Cuanto más se proyecta hacia el futuro, mayor es el margen de incertidumbre.
Una previsión demasiado optimista puede inflar artificialmente el valor de la empresa. Una estimación excesivamente prudente puede provocar justamente el efecto contrario.
No existe un único valor válido
Uno de los errores más habituales consiste en pensar que toda empresa tiene un valor exacto e indiscutible. En realidad, la valoración empresarial se mueve casi siempre dentro de rangos razonables. El comprador intentará reducir incertidumbres y riesgos para justificar un precio inferior. El vendedor tenderá a destacar el potencial futuro, la estabilidad de la clientela o las oportunidades de crecimiento pendientes de desarrollar. Por eso dos expertos distintos pueden llegar a conclusiones diferentes utilizando metodologías perfectamente válidas.
La valoración no es una ciencia exacta. Combina técnica contable, análisis financiero, interpretación económica y, en cierta medida, percepción empresarial.
El balance sigue siendo imprescindible, pero insuficiente
Pese a todas sus limitaciones, el balance continúa siendo una herramienta esencial. Ningún proceso serio de valoración puede prescindir de él. El problema aparece cuando se convierte en el único elemento de análisis.
Una empresa no vale únicamente por lo que posee hoy. También influye aquello que puede perder mañana, lo que probablemente será capaz de generar en los próximos años y el grado de confianza que inspira su continuidad.
En algunas sociedades el peso principal recaerá sobre los activos. En otras, especialmente las vinculadas a servicios profesionales o actividades tecnológicas, gran parte del valor dependerá de factores intangibles imposibles de localizar de manera evidente en la contabilidad.
Precisamente por eso, valorar una empresa exige algo más que revisar balances. Requiere comprender el negocio, su entorno, su estabilidad y sus perspectivas reales de futuro.
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